En su discurso los enemigos de lo público se cuidan muy mucho de no revelar sus verdaderas intenciones privatizadoras, pero no se privan del falaz argumento de la ineficiencia de lo público, dejando entrever que estaría mucho mejor gestionado en mano de sus amigos
Los enemigos de lo público representan a los sectores sociales más favorecidos, son tan inteligentes, cultos e instruidos, como fríos e insolidarios. Dominan la jerga legal y veneran a los economistas neoclásicos. Definidos así no es difícil suponer por qué la derecha embrutecida postfranquista española tuvo que heredar sus ideas de algunos gobiernos neoliberales como el de Reagan o Margaret Tatcher. Lo que vino a concluir en un espeluznante engendro entre represores ultraderechistas católicos con ideas económicas liberales. Algo así como una legión de herederos del franquismo (de los que te enviaban directo al infierno o a prisión, según conviniese, si cometías adulterio) reconvertidos a inversores financieros, abogados, políticos, y constructores, muchos constructores… Todos ellos, rancios conservadores, e instruidos neoliberales agrupados en una ensalada política que dieron en llamar Alianza y luego Partido Popular.
Pues bien, pocos argumentos hay más impopulares que ir contra lo que es de todos y contra la gratuidad de los derechos sociales. Y es por eso que en su discurso los enemigos de lo público se cuidan muy mucho de no revelar sus verdaderas intenciones privatizadoras, pero no se privan del falaz argumento de la ineficiencia de lo público, dejando entrever que estaría mucho mejor gestionado en mano de sus amigos (con beneficios para algún primo suyo y nada para los ciudadanos, y con un criterio de eficiencia económica y no de eficiencia de servicio social). De ahí su miedo a que se les tache de derechas, aunque sus tropelías superen con creces a otros regímenes internacionales que si llevan el título con orgullo. Los enemigos de lo público prefieren definirse, con mucha suerte, usando eufemismos del tipo “En la línea del Tea Party” en lugar de sobrenombres como ” de ultraderecha”.
Pero muy de vez en cuando alguno de ellos ebrio de poder, y amparado por el desconocimiento mayoritario, se quita la careta y se desvela como aspirante a la nueva Margaret Tatcher. Me refiero por supuesto a doña Esperanza Aguirre, a quien no le tembló la voz al reconocerse “liberal”, un bonito eufemismo que quiere en realidad quiere decir: “Solo liberal en lo económico. Así que lo voy a privatizar todo”, pero que suena a “apoyo el matrimonio homosexual y las ayudas a los inmigrantes ilegales (nada más lejos de la verdad por otro lado)”. Y este básicamente es el método que han empleado desde siempre los enemigos de lo público sabiéndose en abrumadora minoría ideológica: mentir y ocultar la verdad. Porque a nadie le gusta que le digan que van a desviar los fondos públicos de los colegios públicos a los conertados religiosos, o que a partir de mañana tendrán que pagar un seguro privado para ser atendido en un hospital que está más preocupado de como máximizar sus beneficios que de dar un servicio de calidad a sus usuarios.
Ocultando la verdad y mintiendo, en ese orden, fue como el partido popular aprovechó una crisis de proporciones galopantes para salir elegido con un programa que no anunciaba ninguna de las draconianas, impopulares e innecesarias medidas que iba a tomar. Y por supuesto donde el votante medio, arrojado a sus brazos, no tuvo ni la más mínima oportunidad de vislumbrar que su prioridad consistiría en desmontar pieza por pieza su sistema del bienestar.
Pero ¿acaso este atentado contra lo público ha sido improvisado? Por supuesto que no. La estrategia de los enemigos de lo público responde a un procedimiento ya tristemente clásico. El economista del mal Milton Friedman lleva años divulgando y aplicando la mejor manera de hacerlo: aprovechar el shock. Esos precisos momentos donde la ciudadanía ha recibido un bombazo emocional tal, que se encuentra desorientada y a merced de la manzana envenenada. Los momentos preferidos de estos carroñeros suelen ser atentados terroristas, desastres naturales, dimisiones de gobiernos y crisis, si eso es, CRISIS.
Igual que Milton Friedman acució a la administración Bush para aprovechar el desastre del huracán Katrina y terminar de derruir las escuelas públicas que a duras penas habían sobrevivido, para sustituirlas por otras de carácter privado (un modelo que ya había sido derogado en más de una ocasión por los representantes democráticos). Igual que él, nuestros actuales gobernantes (que no representantes democráticos) llevaban casi cuarenta años esperando una oportunidad de oro, como la que han encontrado en esta crisis, para realizar un expolio no consentido a lo público. Un expolio, y digo bien, ilegítimo y antidemocrático.